viernes, 20 de enero de 2012

Idyll's End


Pieza de la película "El Último Samurai" (The Last Samurai), compuesta por Hans Zimmer, titulada "Idyll's End", traducida algo así como "Final Idílico". Dado que es una de mis películas favoritas de los últimos tiempos, y ésta una de mis piezas musicales cinematográficas favoritas, no he podido resistirme a compartir esta magnífica música con todo aquél que se preste a oírla. La pieza en concreto suena mientras los dos protagonistas principales del film comparten una conversación sobre la vida del guerrero. El samurai Katsumoto revela al capitán americano Nathan Algren que está componiendo un poema sobre la búsqueda de la flor perfecta y lo difícil que es hallarla, pero nadie que emplee su tiempo en buscarla habrá desperdiciado su vida. 

"Has visto muchas cosas... y no temes a la muerte, pero algunas veces la deseas, ¿no es cierto? Yo también. Eso les pasa a los hombres que han visto lo que hemos visto. Y luego, vengo a este lugar de mis antepasados, y hago memoria... como las flores, vamos muriendo. Reconocer la vida en cada sorbo de aire, en cada taza de té, en cada muerte que causamos. Ese es el camino del guerrero."

Verdaderamente idílico fue el final de Katsumoto cuando, justo antes de morir, observa un cerezo en flor, y contemplando tal belleza no puede más que expresar: "Perfectas... son todas perfectas".

PD: momento favorito de la pieza, a partir del minuto 4:50

domingo, 15 de enero de 2012

Fragmento del Capítulo II

Un mes puede ser poco tiempo para el que descansa apaciblemente en su hogar junto a una acogedora chimenea y disfruta de la vida, y mucho tiempo para el que no puede más que frotarse las manos para entrar en calor cuando se encuentra a una altitud desmedida, aunque por otro lado puede hacerse terriblemente rápido el modo en que comienzan a gastarse los escasos alimentos que uno posee cuando no tiene oportunidad de renovarlos tanto como quisiese. A Ivalori le ocurrían ambas cosas al mismo tiempo. Tuvo suerte en su arriesgada predicción y aquellas nubes tormentosas que se arremolinaban sobre la cordillera descargaron su néctar en más de una ocasión, lo que le permitió no morir de sed, pero a cada día que pasaba las provisiones abundaban menos y el frío se hacía más y más presente. En algunas escasas ocasiones fue capaz de cazar alguna que otra pequeña ave que volaba cercana a las rocas, o incluso algunos reptiles que habitaban entre las rendijas más oscuras y profundas. Ivalori no era una persona escrupulosa cuando de comida se trataba, aunque desde luego hubiese preferido disponer de un buen cerdo asado que llevarse a la boca.
Mas aunque hubiese esquivado a la muerte durante aquellos largos días, a medida que ascendía las montañas se hacía más y más difícil la supervivencia. Lo peor de todo era que, a pesar de llevar alrededor de treinta días deambulando por entre aquellos endiablados riscos, ni siquiera había alcanzado la mitad del recorrido hasta la cima, pues llegado a un punto de ascensión le resultaba completamente imposible encontrar una ruta transitable que le permitiese continuar con su cometido. En múltiples ocasiones tuvo que dar media vuelta y volver sobre sus pasos al descubrir que un pequeño camino que se le antojaba practicable era en realidad la mayor trampa mortal que un alpinista jamás hubiese visto. Y así, el tiempo pasaba irremediablemente consumiendo poco a poco tanto las provisiones como las esperanzas del viajero. Cuando alzaba la mirada hacia las lejanas cimas y se hacía consciente de lo mucho que aún le restaba por hacer y de las pocas opciones de que disponía, sentía el peso del desaliento caer sobre sí, y la duda le consumía. Quizás era cierto que aquellas Montañas eran verdaderamente el Fin del Mundo y nada crecía al otro lado. ¿Y si después de un esfuerzo sobrehumano como el que estaba realizando resultaba que aquello que se escondiese tras la cordillera, fuese lo que fuese, no resultaba ser un premio equitativo a las penurias soportadas? ¿Merecía verdaderamente la pena? Cuando este tipo de pensamientos asaltaban la mente de Ivalori, de manera pareja recordaba todo tipo de experiencias pasadas, muchas de ellas aún más desagradables que la actual insufrible escalada, y no podía sentir más desazón por lo que le aguardaba que por lo que ya había pasado. Puede que tras las Montañas del Límite se encontrase el Fin del Mundo, pero para él el resto del mundo ya había llegado a su fin. "¿Y si todo el mundo existente es en realidad esta cordillera?", se preguntó una noche, mientras se acurrucaba bajo un pequeño techo de rocas resguardándose del frío. "Una fina línea que divide lo que pudo ser y lo que en realidad es de lo que puede ser y lo que en realidad no será. Un límite infranqueable entre la oscura realidad y la brillante ilusión. ¿Y si el mundo no es más que una eterna escalada, un intento de cruzar el muro que separa lo que es de lo que nos gustaría que fuese, aun sin conseguirlo jamás? ¿Acaso tan sólo somos alpinistas soñadores y escalas rotas; viajeros que persiguen sus propias Montañas del Límite?". Inmerso en estos pensamientos, con casi todas sus esperanzas abandonadas, Ivalori cayó en un profundo sueño en el que se veía a sí mismo tratando de trepar por una cuerda, pero cuando estaba a punto de llegar a lo más alto, resbalaba y caía una y otra vez.

Por A.L.M.