lunes, 14 de mayo de 2012

Melodies of Life


Pieza y tema principal perteneciente al videojuego Final Fantasy IX, titulada "Melodies of Life". Hacía tiempo que no subía ninguna entrada cuando de pronto me dio por escuchar esta canción, y rápidamente decidí que merecía un huequecito en este humilde a la par que excelvilloso blog. Junto con la anteriormente publicada "You're not alone", perteneciente al mismo FFIX, constituye una de las mejores piezas musicales que jamás he escuchado en un videojuego, mejor que la mitad de los discos que hay en el mercado, o puede que incluso me quede corto. Disfrutadla con o sin palomitas.
Bon voyage, petits garçons.

domingo, 1 de abril de 2012

Fragmento del Capítulo I

Arrastrándose como pudo en el interior de aquella nube de cenizas y entre toses agitadas el extranjero por fin atravesó aquel angosto e inhóspito callejón y alcanzó las afueras del pueblo, donde las llamas acababan y donde el viento, aunque tórrido y casi abrasador, al menos era respirable. Alejándose unos pasos de los últimos edificios de la ciudad, que ardían como un granero en llamas, Ivalori se dejó caer agotado en la verde hierba del campo que ahora proyectaba brillantes reflejos escarlata. Su rostro estaba tan sucio y lánguido que apenas se habría reconocido de mirarse en un espejo, pero el brillo de sus ojos seguía siendo el mismo. No se levantó del suelo durante largo rato, en el que lo único que pudo hacer fue toser y toser, limpiando sus contaminados pulmones. Tal como él había intuido, en aquél lugar no había ningún pueblerino preocupándose por vigilar los lindes de la ciudad para ponerle la mano encima. Tenían cosas mucho más importantes de las que preocuparse, y como consumida por el fuego, la idea de atrapar al extranjero ya no era una de ellas.
Una vez pudo ponerse en pie, Ivalori se ayudó del apoyó de su espada para erguirse y dar sus primeros pasos hacia un destino incierto. Se alejó lentamente, fatigado y jadeante, hacia el norte, siempre hacia el norte; hacia las Montañas del Límite. A su pausado y flemático ritmo alcanzó la cima de una pequeña colina que se levantaba a cierta distancia del pueblo. Desde allí se giró una última vez y observó durante largo tiempo el pueblo que aún ardía en violentas llamas. Pasarían muchas horas hasta que el fuego, ya con el estómago satisfecho tras devorar con tanto ímpetu hasta la última de las casas, se extinguiese por fin y dejase como única prueba de que antaño hubo allí una pequeña ciudad un montículo de escombros calcinados esparcidos por el suelo carbonizado. Podía oír también desde lo alto de aquella colinas los lejanos gritos de los habitantes del lugar, aún luchando por sobrevivir y por salvar de la destrucción aquellas pocas propiedades personales a las que las llamas todavía no habían alcanzado. Una densa humareda negra ascendía hasta los cielos y hasta la mismísima luna, como una especie de señal apocalíptica, como un mensaje para los pájaros que sobrevuelan las nubes avisándoles de lo que los hombres habían creado aquella noche y de lo que cualquier noche podían llegar a crear, como un epitafio en una lápida de estrellas. Un intenso brillo rojizo iluminaba ahora todo el valle, y desde su colina, Ivalori vio el funesto paisaje tal y como era: no se trataba de un valle rojizo por la luz de las ascuas, sino de un mar sangriento, y su colina no era tal, sino una isla desierta en mitad de aquellas tempestuosas aguas. Él era el único que comprendía, el único que veía aquel valle, aquel mar, aquel mundo tal y como era... y por eso se marchaba. Observando con mirada abatida el pueblo arder, oyendo las voces pavorosas de los que allá abajo sufrían, Ivalori quiso odiarlos, pero no pudo. Luego, quiso compadecerlos, pero tampoco pudo.
-Y pensar que ésta sea la última imagen que me lleve de vosotros...-dijo con pesar.
Tras ello, envainó su espada, dio la espalda al ardiente paisaje y continuó su marcha hacia las montañas.


Por A.L.M.

viernes, 20 de enero de 2012

Idyll's End


Pieza de la película "El Último Samurai" (The Last Samurai), compuesta por Hans Zimmer, titulada "Idyll's End", traducida algo así como "Final Idílico". Dado que es una de mis películas favoritas de los últimos tiempos, y ésta una de mis piezas musicales cinematográficas favoritas, no he podido resistirme a compartir esta magnífica música con todo aquél que se preste a oírla. La pieza en concreto suena mientras los dos protagonistas principales del film comparten una conversación sobre la vida del guerrero. El samurai Katsumoto revela al capitán americano Nathan Algren que está componiendo un poema sobre la búsqueda de la flor perfecta y lo difícil que es hallarla, pero nadie que emplee su tiempo en buscarla habrá desperdiciado su vida. 

"Has visto muchas cosas... y no temes a la muerte, pero algunas veces la deseas, ¿no es cierto? Yo también. Eso les pasa a los hombres que han visto lo que hemos visto. Y luego, vengo a este lugar de mis antepasados, y hago memoria... como las flores, vamos muriendo. Reconocer la vida en cada sorbo de aire, en cada taza de té, en cada muerte que causamos. Ese es el camino del guerrero."

Verdaderamente idílico fue el final de Katsumoto cuando, justo antes de morir, observa un cerezo en flor, y contemplando tal belleza no puede más que expresar: "Perfectas... son todas perfectas".

PD: momento favorito de la pieza, a partir del minuto 4:50

domingo, 15 de enero de 2012

Fragmento del Capítulo II

Un mes puede ser poco tiempo para el que descansa apaciblemente en su hogar junto a una acogedora chimenea y disfruta de la vida, y mucho tiempo para el que no puede más que frotarse las manos para entrar en calor cuando se encuentra a una altitud desmedida, aunque por otro lado puede hacerse terriblemente rápido el modo en que comienzan a gastarse los escasos alimentos que uno posee cuando no tiene oportunidad de renovarlos tanto como quisiese. A Ivalori le ocurrían ambas cosas al mismo tiempo. Tuvo suerte en su arriesgada predicción y aquellas nubes tormentosas que se arremolinaban sobre la cordillera descargaron su néctar en más de una ocasión, lo que le permitió no morir de sed, pero a cada día que pasaba las provisiones abundaban menos y el frío se hacía más y más presente. En algunas escasas ocasiones fue capaz de cazar alguna que otra pequeña ave que volaba cercana a las rocas, o incluso algunos reptiles que habitaban entre las rendijas más oscuras y profundas. Ivalori no era una persona escrupulosa cuando de comida se trataba, aunque desde luego hubiese preferido disponer de un buen cerdo asado que llevarse a la boca.
Mas aunque hubiese esquivado a la muerte durante aquellos largos días, a medida que ascendía las montañas se hacía más y más difícil la supervivencia. Lo peor de todo era que, a pesar de llevar alrededor de treinta días deambulando por entre aquellos endiablados riscos, ni siquiera había alcanzado la mitad del recorrido hasta la cima, pues llegado a un punto de ascensión le resultaba completamente imposible encontrar una ruta transitable que le permitiese continuar con su cometido. En múltiples ocasiones tuvo que dar media vuelta y volver sobre sus pasos al descubrir que un pequeño camino que se le antojaba practicable era en realidad la mayor trampa mortal que un alpinista jamás hubiese visto. Y así, el tiempo pasaba irremediablemente consumiendo poco a poco tanto las provisiones como las esperanzas del viajero. Cuando alzaba la mirada hacia las lejanas cimas y se hacía consciente de lo mucho que aún le restaba por hacer y de las pocas opciones de que disponía, sentía el peso del desaliento caer sobre sí, y la duda le consumía. Quizás era cierto que aquellas Montañas eran verdaderamente el Fin del Mundo y nada crecía al otro lado. ¿Y si después de un esfuerzo sobrehumano como el que estaba realizando resultaba que aquello que se escondiese tras la cordillera, fuese lo que fuese, no resultaba ser un premio equitativo a las penurias soportadas? ¿Merecía verdaderamente la pena? Cuando este tipo de pensamientos asaltaban la mente de Ivalori, de manera pareja recordaba todo tipo de experiencias pasadas, muchas de ellas aún más desagradables que la actual insufrible escalada, y no podía sentir más desazón por lo que le aguardaba que por lo que ya había pasado. Puede que tras las Montañas del Límite se encontrase el Fin del Mundo, pero para él el resto del mundo ya había llegado a su fin. "¿Y si todo el mundo existente es en realidad esta cordillera?", se preguntó una noche, mientras se acurrucaba bajo un pequeño techo de rocas resguardándose del frío. "Una fina línea que divide lo que pudo ser y lo que en realidad es de lo que puede ser y lo que en realidad no será. Un límite infranqueable entre la oscura realidad y la brillante ilusión. ¿Y si el mundo no es más que una eterna escalada, un intento de cruzar el muro que separa lo que es de lo que nos gustaría que fuese, aun sin conseguirlo jamás? ¿Acaso tan sólo somos alpinistas soñadores y escalas rotas; viajeros que persiguen sus propias Montañas del Límite?". Inmerso en estos pensamientos, con casi todas sus esperanzas abandonadas, Ivalori cayó en un profundo sueño en el que se veía a sí mismo tratando de trepar por una cuerda, pero cuando estaba a punto de llegar a lo más alto, resbalaba y caía una y otra vez.

Por A.L.M.