domingo, 1 de abril de 2012

Fragmento del Capítulo I

Arrastrándose como pudo en el interior de aquella nube de cenizas y entre toses agitadas el extranjero por fin atravesó aquel angosto e inhóspito callejón y alcanzó las afueras del pueblo, donde las llamas acababan y donde el viento, aunque tórrido y casi abrasador, al menos era respirable. Alejándose unos pasos de los últimos edificios de la ciudad, que ardían como un granero en llamas, Ivalori se dejó caer agotado en la verde hierba del campo que ahora proyectaba brillantes reflejos escarlata. Su rostro estaba tan sucio y lánguido que apenas se habría reconocido de mirarse en un espejo, pero el brillo de sus ojos seguía siendo el mismo. No se levantó del suelo durante largo rato, en el que lo único que pudo hacer fue toser y toser, limpiando sus contaminados pulmones. Tal como él había intuido, en aquél lugar no había ningún pueblerino preocupándose por vigilar los lindes de la ciudad para ponerle la mano encima. Tenían cosas mucho más importantes de las que preocuparse, y como consumida por el fuego, la idea de atrapar al extranjero ya no era una de ellas.
Una vez pudo ponerse en pie, Ivalori se ayudó del apoyó de su espada para erguirse y dar sus primeros pasos hacia un destino incierto. Se alejó lentamente, fatigado y jadeante, hacia el norte, siempre hacia el norte; hacia las Montañas del Límite. A su pausado y flemático ritmo alcanzó la cima de una pequeña colina que se levantaba a cierta distancia del pueblo. Desde allí se giró una última vez y observó durante largo tiempo el pueblo que aún ardía en violentas llamas. Pasarían muchas horas hasta que el fuego, ya con el estómago satisfecho tras devorar con tanto ímpetu hasta la última de las casas, se extinguiese por fin y dejase como única prueba de que antaño hubo allí una pequeña ciudad un montículo de escombros calcinados esparcidos por el suelo carbonizado. Podía oír también desde lo alto de aquella colinas los lejanos gritos de los habitantes del lugar, aún luchando por sobrevivir y por salvar de la destrucción aquellas pocas propiedades personales a las que las llamas todavía no habían alcanzado. Una densa humareda negra ascendía hasta los cielos y hasta la mismísima luna, como una especie de señal apocalíptica, como un mensaje para los pájaros que sobrevuelan las nubes avisándoles de lo que los hombres habían creado aquella noche y de lo que cualquier noche podían llegar a crear, como un epitafio en una lápida de estrellas. Un intenso brillo rojizo iluminaba ahora todo el valle, y desde su colina, Ivalori vio el funesto paisaje tal y como era: no se trataba de un valle rojizo por la luz de las ascuas, sino de un mar sangriento, y su colina no era tal, sino una isla desierta en mitad de aquellas tempestuosas aguas. Él era el único que comprendía, el único que veía aquel valle, aquel mar, aquel mundo tal y como era... y por eso se marchaba. Observando con mirada abatida el pueblo arder, oyendo las voces pavorosas de los que allá abajo sufrían, Ivalori quiso odiarlos, pero no pudo. Luego, quiso compadecerlos, pero tampoco pudo.
-Y pensar que ésta sea la última imagen que me lleve de vosotros...-dijo con pesar.
Tras ello, envainó su espada, dio la espalda al ardiente paisaje y continuó su marcha hacia las montañas.


Por A.L.M.

2 comentarios:

  1. ¡Vaya...! Capítulo I y ya Ivalori se salva por los pelos de morir abrasado. Esperemos que tenga más suerte en sus siguientes aventuras. Ánimo.

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  2. Conozco muy bien este remodelado fragmento del Capítulo I de una trabajadísima historia que está confeccionando el bloguero. Precisamente, por haber sido remodelado, se ha perfeccionado notablemente respecto del primitivo que, además, se escribió hace ya algún tiempo, lo cual demuestra la positiva evolución del autor del texto que es, en sí, interesante, audaz y cargado de fuerza narrativa, esto último es característico del escritor en cuestión. Suerte con tus libros.

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