Era una noche desapacible, fría y húmeda, con el cielo cubierto de nubes oscuras ocultando la luz de las estrellas y de la luna, con el viento helado y enérgico azotando las ramas de los árboles, cuando llamaron a la puerta de la casa del hombre viejo. El hombre viejo estaba sentado en solitario en el cómodo sillón del salón de su hogar, encarado hacia la puerta y muy cerca de la chimenea. Su modesta casa de madera se ubicaba en una meseta a una considerable distancia de la aldea más cercana, resguardada del jaleo de la vida en sociedad. Más que una casa, habría que referirse a ella como granja, pues eso es lo que era, y a eso es a lo que se dedicaba el hombre viejo: tenía potros, vacas y gallinas, y de hecho hacía poco rato se había visto a sí mismo resguardando a todos sus animales en el interior del granero debido a la tormenta que se aproximaba. Pero ya no estaba en el granero, no se encontraba cuidando de sus animales ni paseando por los alrededores de su morada tal y como habría hecho si el tiempo hubiese sido propicio. Se encontraba sentado en solitario en el cómodo sillón del salón de su hogar, mirando fijamente la puerta a la que acababan de llamar, haciendo conjeturas sobre quién podría llamar a su casa perdida en lo alto de una meseta a una considerable distancia de la aldea más cercana y en una noche desapacible, fría y húmeda, sin estrellas y sin luna.
-¿Quién llama?-preguntó el hombre viejo sin levantarse de su asiento, colocando la jarra de vino que sostenía en su mano sobre la mesilla que había frente a él.
No hubo una respuesta inmediata. Se oyó no obstante el silbar del viento tres veces antes del retorno del sepulcral silencio. El hombre viejo no se alteró lo más mínimo, simplemente permaneció en su asiento aguardando la respuesta, fuese la que fuese, del enigmático visitante.
El picaporte de la puerta giró lentamente, y la misma se abrió chirriando sus bisagras, dejando visible una silueta oscura que ocupaba casi todo el marco del umbral, impidiendo de este modo que el hombre viejo pudiese distinguir que las copas de los árboles les exterior se agitaban ahora con vehemencia. Al abrirse la puerta una fuerte brisa irrumpió violentamente en la casa haciendo crepitar el fuego de la chimenea, que a duras penas soportó tan iracundo ataque sin extinguirse. El ambiente cálido y acogedor del hogar desapareció de forma súbita con la intrusión de la sombra misteriosa.
El hombre viejo no apartó la vista del umbral ni siquiera cuando unos papeles de un estante se volaron por el viento. Al cabo de unos segundos pudo distinguir en la sombra la silueta de un hombre encapuchado, aunque ciertamente su rostro era poco visible por la oscuridad, como sumido en las tinieblas de su propio atuendo.
-¿Quién es?-insistió el hombre viejo.
El hombre encapuchado dio unos pasos al frente y lentamente dejó reposar su capucha en su espalda y el rostro le quedó visible. Era un hombre joven, al menos veinte años más joven que el hombre viejo, de rostro tenso y mirada tenaz.
-Soy el hijo del hombre al que mataste, soy la sentencia que tú mismo te dictaste. Soy tu juez y tu verdugo, tu condena inevitable, tu destino inaplazable. Soy tu muerte.
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Por A.L.M.
La narrativa extensa cuidando mucho los detalles, con dialogos precisos y nunca inúltilmente largos, personajes misteriosos cuyos propósitos se van desvelando a medida que avanza el relato...; el Bloguero no ha desvelado el nombre del autor. Yo sé que el relato será bueno.
ResponderEliminarInteresante y prometedor comienzo. Me parece que cuando termines el libro tu editor no pondrá pegas para publicarlo.
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