-¿Por qué llueve?
-Pues verás, se cuenta que hace mucho tiempo los dos pueblos padres de la Humanidad, que vivían en el Valle de los Sauces, convivían en frágil paz, únicamente sostenida por el miedo mutuo. El conflicto por la supremacía de todo el Valle, aunque tan sólo palpable superficialmente, era tan evidente que muchos ni siquiera se molestaban en disimularlo. Tal era la situación que los miembros de ambos pueblos jamás mantenían contacto cercano con los otros más allá de lo estrictamente necesario. Se vivía en una débil concordia tan fina como una tela de araña, predispuesta a ser rota al menor soplido del viento. El frondoso bosque del Valle estaba dividido en dos por un caudaloso río que representaba prácticamente el único punto de encuentro entre ambos pueblos, dado que todo agua que pudiesen necesitar debían obtenerla de allí. Los Glaucos vivían al oeste del río, y los Corintos al este. Y según se cuenta la princesa de los Glaucos, Virens, La de los Ojos Esmeralda, era la criatura más hermosa que la joven Tierra jamás hubiese visto nacer. Su padre, el rey Glauco, la había prometido desde una tierna infancia con el insigne heredero de una de las familias más nobles del pueblo al oeste del río, llamado Avidio. Lejos de un auténtico y puro amor hacia Virens, las aspiraciones de Avidio eran mucho más oscuras y ambiciosas: casándose con la princesa él se convertiría en príncipe y heredaría algún día el gobierno del pueblo de los Glaucos. Virens, por su parte, poco interés mostraba su futuro marido, pues lo consideraba mezquino y egoísta, y sus verdaderas intenciones no eran secreto para ella. Pero nada podía hacer para evitar lo que su padre deseaba, por lo que, como un ánima errante, sin dicha y sin esperanzas, vagaba por el Valle día tras día.
Por otro lado, al este del río, el príncipe Ruber, futuro heredero al trono de su padre, el rey Corinto, se encontraba en una tesitura similar: su padre le hostigaba continuamente a que tomase en matrimonio a alguna de las jóvenes y hermosas doncellas de su pueblo, alegando que un futuro rey necesitaría esposa e hijos para prologar su linaje. Sin embargo la mayoría de las jóvenes del pueblo de los Corintos tan sólo mostraban interés por el príncipe Ruber precisamente por su condición de heredero, lo que aumentaba el desinterés de éste por esos temas. No obstante, sabía que tarde o temprano, cuando su padre falleciese y él ascendiese al poder, debería tomar a alguna joven por esposa tanto si quería como si no, y aquella idea le provocaba una profunda desazón. Por ese motivo no era extraño verle caminar con pesar por sus tierras, adentrándose en el bosque de sauces y perdiéndose en su espesura, lamentándose de su inevitable destino.
Pero una noche los caminos del príncipe Ruber y la princesa Virens se cruzaron. Mientras paseaban por el bosque ambos desde direcciones opuestas hacia un mismo punto, sus pasos les condujeron hasta el río, y con cierto temor se observaron por primera vez. Ninguno de los dos había mantenido antes contacto con alguien del pueblo contrario, por eso la primera reacción de ambos fue de cierto recelo. Al principio pocas palabras salieron de sus bocas, y corto fue el primer encuentro. Apenas unos minutos después, los dos príncipes retornaron a sus respectivos hogares, pero con una nueva sensación en su interior. La princesa Virens era verdaderamente hermosa, y Ruber no pudo borrar su rostro de su mente, y del mismo modo Virens tampoco olvidó al apuesto príncipe de los Corintos, que en aquel breve encuentro se había mostrado más amable que cualquier hombre del pueblo Glauco. Por ese motivo ambos pasaron el resto de la noche y todo el día siguiente pensando en el otro, y al caer la siguiente noche regresaron al lecho del río, donde volvieron a encontrarse. En esta segunda ocasión ambos se sentaron en sus respectivas orillas y hablaron tímidamente sobre sus vidas, y así cada uno de ellos conoció la desdicha del otro. Con el paso de las horas sus tristes ánimos se volvieron joviales, y la conversación tornó plácida. Por desgracia las noches no eran tan largas como ellos hubieran deseado y antes del amanecer tuvieron que regresar a sus hogares. Pero desde aquel momento cada noche regresaban al río y conversaban felizmente, cada uno desde su orilla, sobre todo tipo de temas que se les ocurriesen, estrechándose poco a poco la relación entre ambos. Jamás en sus vidas se habían sentido tan felices como en aquellas citas nocturnas, y durante días y semanas los sauces fueron testigos de su dicha.
Por desgracia, aunque ambos príncipes se aseguraban todas las noches de abandonar sus aposentos sin que nadie los descubriesen, el paso del tiempo hizo que Avidio se percatase del extraño comportamiento de la princesa Virens. Una noche, a escondidas, espió a la princesa y la observó abandonar su lecho y adentrarse en el bosque. Temeroso por las historias que en la tierra de los Glaucos se contaban sobre aquellos árboles y sobre los peligrosos Corintos, Avidio persiguió a la princesa no sin antes cargar con su arco y sus flechas. Cuando Virens alcanzó el río allí estaba Ruber esperándola, y tal como solían hacer, se sentaron cada uno en su correspondiente orilla y volvieron a conversar y a reír. Avidio, que la había seguido hasta allí, observó la escena escondido entre la espesura del bosque, y al ver cómo Virens reía de pura felicidad y cómo Ruber observaba con auténtica ternura a la princesa comenzó a ver temblar su plan de heredar el control de pueblo Glauco. Lo que era claro tanto para Virens como para Ruber también lo era para Avidio: los príncipes estaban enamorados, pero no eran los celos los que llenaron el corazón de Avidio de ira, sino una desmedida codicia. Aunque sabía que el rey Glauco jamás permitiría que su hija tomase por esposo al príncipe del pueblo vecino, cabía la posibilidad de que ambos se fugasen juntos, y si eso ocurría ya no habría ninguna princesa a la que poder desposar.
De pronto la animada conversación entre los príncipes se detuvo y los dos se limitaron a mirarse mutuamente, rebosando sus ojos tanta calidez y amor que casi podía sentirse en la piel. Entonces ambos se pusieron en pie y, por primera vez, comenzaron a caminar el uno hacia el otro, introduciendo sus piernas en el río. Avidio presenció atónito la escena y, no pudiendo soportarla, abandonó su escondite y se dirigió hacia ellos mientras tensaba su arco. Y cuando las manos de Virens y Ruber estaban a punto de tocarse, una flecha silbó y todo se detuvo. Virens observó el pecho de Ruber teñirse de rojo y su sangre goteando en el agua del río. El príncipe se desplomó jadeante sobre los brazos de su amada y ésta le sostuvo con todas sus fuerzas mientras, al girar la cabeza, pudo ver a Avidio aproximarse más y más hacia ellos con otra flecha preparada para silbar. La princesa cargó con Ruber hacia el lado contrario del río, resguardándose de Avidio y con la esperanza de poder llevar al príncipe de vuelta a su pueblo para que fuese curado. Pero Ruber pesaba demasiado para ella, y finalmente no pudo continuar transportándolo. Lo depositó en el suelo y se arrodilló junto a él, lo miró a los ojos acariciándole el rostro y le dijo las dos únicas palabras que una persona necesita para vivir. Y fueron las dos últimas palabras que el príncipe Ruber escuchó.
En ese momento Avidio llegó hasta ellos, y no sólo él. Al igual que las escapadas nocturnas de Virens no habían pasado desapercibidas en su tierra, las de Ruber tampoco lo había hecho, y varios soldados del pueblo de los Corintos, temiendo que su príncipe pudiese extraviarse en el bosque más allá de los límites de sus tierras, le siguieron alcanzando aquel lugar en ese mismo instante. Cuando Avidio reparó en ellos, sabiendo lo que le esperaba, trató desesperadamente de huir, arrojando su arco y sus flechas al suelo y corriendo de vuelva a su tierra, pero las saetas de los Corintos corrían más, y su cuerpo se desplomó inerte sobre la hierba.
Los soldados Corintos recogieron el cuerpo de su príncipe y apresaron a la desconsolada princesa Virens tomándola por cómplice de Avidio. El cuerpo de Ruber fue enterrado en la tierra de los Corintos, y Virens fue condenada y atada a un poste rodeado de leña. El fuego que el propio rey Corinto prendió se extendió a su alrededor como un anillo ígneo, y entre lágrimas y lamentos, la princesa Virens murió, siendo su cuerpo consumido por las llamas. Y se cuenta que su alma voló junto al humo que se elevó en la noche alcanzando las estrellas, y formó nubarrones en el cielo. Aquella misma noche estalló la guerra entre el pueblo Glauco y el pueblo Corinto, y miles de personas fueron víctimas de sus atrocidades. Desde entonces, generación tras generación, los seres humanos se matan entre sí sin saber siquiera qué evento lo originó todo. Y cada vez que la sangre de un hombre tiñe la tierra en la que el cuerpo de su amado reposa, el espíritu de Virens, que aún hoy vive en las alturas, solloza y se lamenta. Y por eso las nubes lloran...
Por A.L.M.
Por A.L.M.

...y, quiero pensar, que, en algunas ocasiones, cuando Ruber ve a la persona que más ama llorar, con la fuerza imbatible siempre del cariño, desplaza los oscuros nubarrones para que el sol salga y le regala a Virens la sonrisa del Arco Iris ¿verdad?. Preciosa historia.
ResponderEliminarBonita metáfora que mezcla el amor, la codicia y las consecuencias de la precipitación en los juicios.
ResponderEliminarEsperemos que algún día las nubes lloren de alegría.