sábado, 10 de diciembre de 2011

¿Por qué llueve?

-¿Por qué llueve?
-Pues verás, se cuenta que hace mucho tiempo los dos pueblos padres de la Humanidad, que vivían en el Valle de los Sauces, convivían en frágil paz, únicamente sostenida por el miedo mutuo. El conflicto por la supremacía de todo el Valle, aunque tan sólo palpable superficialmente, era tan evidente que muchos ni siquiera se molestaban en disimularlo. Tal era la situación que los miembros de ambos pueblos jamás mantenían contacto cercano con los otros más allá de lo estrictamente necesario. Se vivía en una débil concordia tan fina como una tela de araña, predispuesta a ser rota al menor soplido del viento. El frondoso bosque del Valle estaba dividido en dos por un caudaloso río que representaba prácticamente el único punto de encuentro entre ambos pueblos, dado que todo agua que pudiesen necesitar  debían obtenerla de allí. Los Glaucos vivían al oeste del río, y los Corintos al este. Y según se cuenta la princesa de los Glaucos, Virens, La de los Ojos Esmeralda, era la criatura más hermosa que la joven Tierra jamás hubiese visto nacer. Su padre, el rey Glauco, la había prometido desde una tierna infancia con el insigne heredero de una de las familias más nobles del pueblo al oeste del río, llamado Avidio. Lejos de un auténtico y puro amor hacia Virens, las aspiraciones de Avidio eran mucho más oscuras y ambiciosas: casándose con la princesa él se convertiría en príncipe y heredaría algún día el gobierno del pueblo de los Glaucos. Virens, por su parte, poco interés mostraba su futuro marido, pues lo consideraba mezquino y egoísta, y sus verdaderas intenciones no eran secreto para ella. Pero nada podía hacer para evitar lo que su padre deseaba, por lo que, como un ánima errante, sin dicha y sin esperanzas, vagaba por el Valle día tras día.
Por otro lado, al este del río, el príncipe Ruber, futuro heredero al trono de su padre, el rey Corinto, se encontraba en una tesitura similar: su padre le hostigaba continuamente a que tomase en matrimonio a alguna de las jóvenes y hermosas doncellas de su pueblo, alegando que un futuro rey necesitaría esposa e hijos para prologar su linaje. Sin embargo la mayoría de las jóvenes del pueblo de los Corintos tan sólo mostraban interés por el príncipe Ruber precisamente por su condición de heredero, lo que aumentaba el desinterés de éste por esos temas. No obstante, sabía que tarde o temprano, cuando su padre falleciese y él ascendiese al poder, debería tomar a alguna joven por esposa tanto si quería como si no, y aquella idea le provocaba una profunda desazón. Por ese motivo no era extraño verle caminar con pesar por sus tierras, adentrándose en el bosque de sauces y perdiéndose en su espesura, lamentándose de su inevitable destino.
Pero una noche los caminos del príncipe Ruber y la princesa Virens se cruzaron. Mientras paseaban por el bosque ambos desde direcciones opuestas hacia un mismo punto, sus pasos les condujeron hasta el río, y con cierto temor se observaron por primera vez. Ninguno de los dos había mantenido antes contacto con alguien del pueblo contrario, por eso la primera reacción de ambos fue de cierto recelo. Al principio pocas palabras salieron de sus bocas, y corto fue el primer encuentro. Apenas unos minutos después, los dos príncipes retornaron a sus respectivos hogares, pero con una nueva sensación en su interior. La princesa Virens era verdaderamente hermosa, y Ruber no pudo borrar su rostro de su mente, y del mismo modo Virens tampoco olvidó al apuesto príncipe de los Corintos, que en aquel breve encuentro se había mostrado más amable que cualquier hombre del pueblo Glauco. Por ese motivo ambos pasaron el resto de la noche y todo el día siguiente pensando en el otro, y al caer la siguiente noche regresaron al lecho del río, donde volvieron a encontrarse. En esta segunda ocasión ambos se sentaron en sus respectivas orillas y hablaron tímidamente sobre sus vidas, y así cada uno de ellos conoció la desdicha del otro. Con el paso de las horas sus tristes ánimos se volvieron joviales, y la conversación tornó plácida. Por desgracia las noches no eran tan largas como ellos hubieran deseado y antes del amanecer tuvieron que regresar a sus hogares. Pero desde aquel momento cada noche regresaban al río y conversaban felizmente, cada uno desde su orilla, sobre todo tipo de temas que se les ocurriesen, estrechándose poco a poco la relación entre ambos. Jamás en sus vidas se habían sentido tan felices como en aquellas citas nocturnas, y durante días y semanas los sauces fueron testigos de su dicha.
Por desgracia, aunque ambos príncipes se aseguraban todas las noches de abandonar sus aposentos sin que nadie los descubriesen, el paso del tiempo hizo que Avidio se percatase del extraño comportamiento de la princesa Virens. Una noche, a escondidas, espió a la princesa y la observó abandonar su lecho y adentrarse en el bosque. Temeroso por las historias que en la tierra de los Glaucos se contaban sobre aquellos árboles y sobre los peligrosos Corintos, Avidio persiguió a la princesa no sin antes cargar con su arco y sus flechas. Cuando Virens alcanzó el río allí estaba Ruber esperándola, y tal como solían hacer, se sentaron cada uno en su correspondiente orilla y volvieron a conversar y a reír. Avidio, que la había seguido hasta allí, observó la escena escondido entre la espesura del bosque, y al ver cómo Virens reía de pura felicidad y cómo Ruber observaba con auténtica ternura a la princesa comenzó a ver temblar su plan de heredar el control de pueblo Glauco. Lo que era claro tanto para Virens como para Ruber también lo era para Avidio: los príncipes estaban enamorados, pero no eran los celos los que llenaron  el corazón de Avidio de ira, sino una desmedida codicia. Aunque sabía que el rey Glauco jamás permitiría que su hija tomase por esposo al príncipe del pueblo vecino, cabía la posibilidad de que ambos se fugasen juntos, y si eso ocurría ya no habría ninguna princesa a la que poder desposar.
De pronto la animada conversación entre los príncipes se detuvo y los dos se limitaron a mirarse mutuamente, rebosando sus ojos tanta calidez y amor que casi podía sentirse en la piel. Entonces ambos se pusieron en pie y, por primera vez, comenzaron a caminar el uno hacia el otro, introduciendo sus piernas en el río. Avidio presenció atónito la escena y, no pudiendo soportarla, abandonó su escondite y se dirigió hacia ellos mientras tensaba su arco. Y cuando las manos de Virens y Ruber estaban a punto de tocarse, una flecha silbó y todo se detuvo. Virens observó el pecho de Ruber teñirse de rojo y su sangre goteando en el agua del río. El príncipe se desplomó jadeante sobre los brazos de su amada y ésta le sostuvo con todas sus fuerzas mientras, al girar la cabeza, pudo ver a Avidio aproximarse más y más hacia ellos con otra flecha preparada para silbar. La princesa cargó con Ruber hacia el lado contrario del río, resguardándose de Avidio y con la esperanza de poder llevar al príncipe de vuelta a su pueblo para que fuese curado. Pero Ruber pesaba demasiado para ella, y finalmente no pudo continuar transportándolo. Lo depositó en el suelo y se arrodilló junto a él, lo miró a los ojos acariciándole el rostro y le dijo las dos únicas palabras que una persona necesita para vivir. Y fueron las dos últimas palabras que el príncipe Ruber escuchó.
En ese momento Avidio llegó hasta ellos, y no sólo él. Al igual que las escapadas nocturnas de Virens no habían pasado desapercibidas en su tierra, las de Ruber tampoco lo había hecho, y varios soldados del pueblo de los Corintos, temiendo que su príncipe pudiese extraviarse en el bosque más allá de los límites de sus tierras, le siguieron alcanzando aquel lugar en ese mismo instante. Cuando Avidio reparó en ellos, sabiendo lo que le esperaba, trató desesperadamente de huir, arrojando su arco y sus flechas al suelo y corriendo de vuelva a su tierra, pero las saetas de los Corintos corrían más, y su cuerpo se desplomó inerte sobre la hierba.
Los soldados Corintos recogieron el cuerpo de su príncipe y apresaron a la desconsolada princesa Virens tomándola por cómplice de Avidio. El cuerpo de Ruber fue enterrado en la tierra de los Corintos, y Virens fue condenada y atada a un poste rodeado de leña. El fuego que el propio rey Corinto prendió se extendió a su alrededor como un anillo ígneo, y entre lágrimas y lamentos, la princesa Virens murió, siendo su cuerpo consumido por las llamas. Y se cuenta que su alma voló junto al humo que se elevó en la noche alcanzando las estrellas, y formó nubarrones en el cielo. Aquella misma noche estalló la guerra entre el pueblo Glauco y el pueblo Corinto, y miles de personas fueron víctimas de sus atrocidades. Desde entonces, generación tras generación, los seres humanos se matan entre sí sin saber siquiera qué evento lo originó todo. Y cada vez que la sangre de un hombre tiñe la tierra en la que el cuerpo de su amado reposa, el espíritu de Virens, que aún hoy vive en las alturas, solloza y se lamenta. Y por eso las nubes lloran...


Por A.L.M.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

You're not alone



Pieza interpretada por el "Tour de Japon" perteneciente al videojuego Final Fantasy IX, titulada "You're not alone". Es extraño que aparezca tan sólo en una ocasión en todo el juego, porque curiosamente es de las piezas más hermosas que, desde mi punto de vista, un videojuego ha dado al mundo. Desde luego las cosa buenas se dan en frascos pequeños, al igual que las cosas pequeñas se dan en frascos buenos, ¿no es así? Y si no es así, da igual. Disfrutad y callad.
Bon voyage, petits garçons.

sábado, 24 de septiembre de 2011

El Errante (The Wanderer)

Segunda entrega de mis piezas de música cuasiclásica y variopinta titulada "El Errante" o "The Wanderer" en inglis que queda más chachi, título que hace referencia al protagonista del libro que tengo entre manos que tan bien conocerán las personas cercanas a mí a las que durante tantas horas les he estado dando la tabarra hablándoles de él. El programa utilizado para su elaboración vuelve a ser el "Finale 2006" (soy un hombre de gustos fijos), y en esta ocasión los instrumentos que suenan, según el susodicho programa, son la marimba como instrumento de percusión de fondo, el violonchelo y un último llamado guitarra de nylon, aunque a mí me suena más a un xilófono, pero bueno... ellos sabrán.
Bon voyage, petits garçons.

Por A.L.M.

jueves, 18 de agosto de 2011

Danza de la Luna Llena (Fullmoon Dance)

Pieza de música cuasiclásica y variopinta compuesta por este servidor a la que he titulado "Danza de la Luna Llena" o "Fullmoon Dance" (en inglés queda más cool) en referencia al baile que comparten los dos protagonistas de mi libro en el capítulo en que declaran su amor. La pieza es interpretada con lira y flauta, los instrumentos que tocan los dos amigos faunos de la pareja protagonista. El programa utilizado para su elaboración ha sido "Finale 2006" (no, yo tampoco lo conocía), y sí, me lo he bajado gratis de internet.
Bon voyage, petits garçons.

Por A.L.M.

sábado, 25 de junio de 2011

Frívola eternidad


Nubla antes el ocaso

a rosas y azucenas que a roquedos.

Y aun flor en su fracaso

compadece sin miedos

al que no goza de un vivir escaso.




Por A.L.M.

jueves, 23 de junio de 2011

By Rorschach

Una vez me contaron un chiste.
"Un hombre va al médico y le dice que está deprimido, que la vida es dura y cruel. Dice que se siente solo en un mundo amenazador. El médico le dice:
-El tratamiento es muy sencillo: el gran payaso Pagliacci está en la ciudad. Vaya a verle, eso le animará.
El hombre rompe a llorar.
-Pero doctor-le dice-, yo soy Pagliacci."
Es un buen chiste. Todo el mundo se ríe. Se oye un redoble. Y baja el telón.

jueves, 26 de mayo de 2011

Génesis

En el principio estaba Gahok, (el Tiempo), que nunca tomaba parte en nada y se limitaba a discurrir. Y aunque nada hiciese y nada desease, sin su presencia nada puede nacer ni mucho menos desplegarse. Y ya desde el primer momento Gahok comenzó a caminar por la inmanente oscuridad de Qurth (la Nada), y era lo único que hacía. A cada paso que daba en sus solitarios paseos el Tiempo se desarrolla más y más, siempre hacia delante y jamás sin pausa, pues Gahok nunca regresa sobre sus pasos cuando pasea por Qurth, y dada la inmensidad de Qurth, Gahok jamás encuentra ni encontrará obstáculo alguno que le obligue a detenerse.
Pero Gahok no estuvo solo mucho tiempo. Apenas dio su primer paso surgieron a su lado Nhaw (El que Hace) e Iunhaw (El que Deshace), los cuales a pesar de no tener padre, son hermanos. Por el contrario, Nhaw e Iunhaw no se consideran hermanos de Gahok, aunque sí parientes directos, y en cierto modo, aunque jamás se postran ante Gahok, los dos hermanos reconocieron desde el principio su potestad.
Poco tardó la calma de Qurth en ser quebrantada cuando Nhaw e Iunhaw surgieron de sus oscuras entrañas, en el preciso y temprano instante en que los dos hermanos tomaron conciencia el uno del otro. Quisieron ambos repartirse los dominios de Qurth, previo ofrecimiento a Gahok de participar de igual modo en la distribución. Pero Gahok mostró desinterés por problemas de aquella índole y expresó su indiferencia diciendo que podían repartirse los dominios de Qurth entre ellos dos, siempre y cuando su derecho a pasear por los mismos jamás le sea privado. Los hermanos accedieron gratamente dado que de este modo ambos abarcarían mayor dominio. Una vez repartieron a partes iguales los dominios de Qurth, Nhaw dispuso de sus feudos a voluntad, y lo primero que hizo fue otorgar identidad a regiones de Qurth que no eran nada, de modo que dejaron de ser nada y se convirtieron en algo, y Nhaw lo nombró Aü (Lo que Es). De este modo los dominios de Nhaw dejaron de pertenecer al reino de Qurth y pasaron a ser. Iunhaw no se sintió satisfecho con la decisión de su hermano Nhaw de alterar la esencia de Qurth a su gusto, y por ello solicitó el apoyo de Gahok. Pero la indiferencia de Gahok sobre los asuntos de Qurth y Aü era total, y mientras su paso por el tiempo, tanto sobre lo que es como sobre lo que no es, no se vea interrumpido, jamás mostrará interés por cuestión alguna.
Iunhaw, sin embargo, no deseaba que el reino de Aü existiese, pues su concepción era la de un Qurth eterno e infinito. Fue a hablar con su hermano tratando de adentrarse en los dominios de Aü, pero vio que le era imposible, pues Iunhaw está tan vinculado a Qurth que jamás puede abandonarlo. Fue entonces Nhaw quien intentó abandonar sus dominios y visitar a su hermano en Qurth, pero de igual modo no pudo abandonar sus feudos propios, pues el reino de Aü pertenecía a su propia esencia y no podía separarse de ella. Hablaron por tanto los dos hermanos cada uno en los lindes de sus respectivos dominios. Iunhaw exigió a su hermano que deshiciese lo hecho y devolviese su identidad originaria al reino de Aü, esto es, que lo devolviese a Qurth. Pero Nhaw se negó a ello, alegando que ahora que veía y contemplaba la potencia de Aü, se le antojaba mucho más interesante y prometedora que la sempiterna oscuridad de Qurth. Por tanto en aquel momento, descontento por la respuesta de su hermano, Iunhaw proclamó que jamás cesaría en su empeño de devolver al reino de Aü a su estado primigenio de nada, pues aquella era su auténtica identidad y así debía mantenerse el orden. Nhaw, por su parte, declaró su intención de hacer perseverar el reino de Aü contra toda fuerza externa del reino de Qurth que osase perturbarlo, así como de extender los dominios de Lo que Es más allá de los lindes de Aü para que todo aquello que es objeto de paseo de Gahok fuese parte del reino de Lo que Es.


Por A.L.M.