lunes, 14 de mayo de 2012

Melodies of Life


Pieza y tema principal perteneciente al videojuego Final Fantasy IX, titulada "Melodies of Life". Hacía tiempo que no subía ninguna entrada cuando de pronto me dio por escuchar esta canción, y rápidamente decidí que merecía un huequecito en este humilde a la par que excelvilloso blog. Junto con la anteriormente publicada "You're not alone", perteneciente al mismo FFIX, constituye una de las mejores piezas musicales que jamás he escuchado en un videojuego, mejor que la mitad de los discos que hay en el mercado, o puede que incluso me quede corto. Disfrutadla con o sin palomitas.
Bon voyage, petits garçons.

domingo, 1 de abril de 2012

Fragmento del Capítulo I

Arrastrándose como pudo en el interior de aquella nube de cenizas y entre toses agitadas el extranjero por fin atravesó aquel angosto e inhóspito callejón y alcanzó las afueras del pueblo, donde las llamas acababan y donde el viento, aunque tórrido y casi abrasador, al menos era respirable. Alejándose unos pasos de los últimos edificios de la ciudad, que ardían como un granero en llamas, Ivalori se dejó caer agotado en la verde hierba del campo que ahora proyectaba brillantes reflejos escarlata. Su rostro estaba tan sucio y lánguido que apenas se habría reconocido de mirarse en un espejo, pero el brillo de sus ojos seguía siendo el mismo. No se levantó del suelo durante largo rato, en el que lo único que pudo hacer fue toser y toser, limpiando sus contaminados pulmones. Tal como él había intuido, en aquél lugar no había ningún pueblerino preocupándose por vigilar los lindes de la ciudad para ponerle la mano encima. Tenían cosas mucho más importantes de las que preocuparse, y como consumida por el fuego, la idea de atrapar al extranjero ya no era una de ellas.
Una vez pudo ponerse en pie, Ivalori se ayudó del apoyó de su espada para erguirse y dar sus primeros pasos hacia un destino incierto. Se alejó lentamente, fatigado y jadeante, hacia el norte, siempre hacia el norte; hacia las Montañas del Límite. A su pausado y flemático ritmo alcanzó la cima de una pequeña colina que se levantaba a cierta distancia del pueblo. Desde allí se giró una última vez y observó durante largo tiempo el pueblo que aún ardía en violentas llamas. Pasarían muchas horas hasta que el fuego, ya con el estómago satisfecho tras devorar con tanto ímpetu hasta la última de las casas, se extinguiese por fin y dejase como única prueba de que antaño hubo allí una pequeña ciudad un montículo de escombros calcinados esparcidos por el suelo carbonizado. Podía oír también desde lo alto de aquella colinas los lejanos gritos de los habitantes del lugar, aún luchando por sobrevivir y por salvar de la destrucción aquellas pocas propiedades personales a las que las llamas todavía no habían alcanzado. Una densa humareda negra ascendía hasta los cielos y hasta la mismísima luna, como una especie de señal apocalíptica, como un mensaje para los pájaros que sobrevuelan las nubes avisándoles de lo que los hombres habían creado aquella noche y de lo que cualquier noche podían llegar a crear, como un epitafio en una lápida de estrellas. Un intenso brillo rojizo iluminaba ahora todo el valle, y desde su colina, Ivalori vio el funesto paisaje tal y como era: no se trataba de un valle rojizo por la luz de las ascuas, sino de un mar sangriento, y su colina no era tal, sino una isla desierta en mitad de aquellas tempestuosas aguas. Él era el único que comprendía, el único que veía aquel valle, aquel mar, aquel mundo tal y como era... y por eso se marchaba. Observando con mirada abatida el pueblo arder, oyendo las voces pavorosas de los que allá abajo sufrían, Ivalori quiso odiarlos, pero no pudo. Luego, quiso compadecerlos, pero tampoco pudo.
-Y pensar que ésta sea la última imagen que me lleve de vosotros...-dijo con pesar.
Tras ello, envainó su espada, dio la espalda al ardiente paisaje y continuó su marcha hacia las montañas.


Por A.L.M.

viernes, 20 de enero de 2012

Idyll's End


Pieza de la película "El Último Samurai" (The Last Samurai), compuesta por Hans Zimmer, titulada "Idyll's End", traducida algo así como "Final Idílico". Dado que es una de mis películas favoritas de los últimos tiempos, y ésta una de mis piezas musicales cinematográficas favoritas, no he podido resistirme a compartir esta magnífica música con todo aquél que se preste a oírla. La pieza en concreto suena mientras los dos protagonistas principales del film comparten una conversación sobre la vida del guerrero. El samurai Katsumoto revela al capitán americano Nathan Algren que está componiendo un poema sobre la búsqueda de la flor perfecta y lo difícil que es hallarla, pero nadie que emplee su tiempo en buscarla habrá desperdiciado su vida. 

"Has visto muchas cosas... y no temes a la muerte, pero algunas veces la deseas, ¿no es cierto? Yo también. Eso les pasa a los hombres que han visto lo que hemos visto. Y luego, vengo a este lugar de mis antepasados, y hago memoria... como las flores, vamos muriendo. Reconocer la vida en cada sorbo de aire, en cada taza de té, en cada muerte que causamos. Ese es el camino del guerrero."

Verdaderamente idílico fue el final de Katsumoto cuando, justo antes de morir, observa un cerezo en flor, y contemplando tal belleza no puede más que expresar: "Perfectas... son todas perfectas".

PD: momento favorito de la pieza, a partir del minuto 4:50

domingo, 15 de enero de 2012

Fragmento del Capítulo II

Un mes puede ser poco tiempo para el que descansa apaciblemente en su hogar junto a una acogedora chimenea y disfruta de la vida, y mucho tiempo para el que no puede más que frotarse las manos para entrar en calor cuando se encuentra a una altitud desmedida, aunque por otro lado puede hacerse terriblemente rápido el modo en que comienzan a gastarse los escasos alimentos que uno posee cuando no tiene oportunidad de renovarlos tanto como quisiese. A Ivalori le ocurrían ambas cosas al mismo tiempo. Tuvo suerte en su arriesgada predicción y aquellas nubes tormentosas que se arremolinaban sobre la cordillera descargaron su néctar en más de una ocasión, lo que le permitió no morir de sed, pero a cada día que pasaba las provisiones abundaban menos y el frío se hacía más y más presente. En algunas escasas ocasiones fue capaz de cazar alguna que otra pequeña ave que volaba cercana a las rocas, o incluso algunos reptiles que habitaban entre las rendijas más oscuras y profundas. Ivalori no era una persona escrupulosa cuando de comida se trataba, aunque desde luego hubiese preferido disponer de un buen cerdo asado que llevarse a la boca.
Mas aunque hubiese esquivado a la muerte durante aquellos largos días, a medida que ascendía las montañas se hacía más y más difícil la supervivencia. Lo peor de todo era que, a pesar de llevar alrededor de treinta días deambulando por entre aquellos endiablados riscos, ni siquiera había alcanzado la mitad del recorrido hasta la cima, pues llegado a un punto de ascensión le resultaba completamente imposible encontrar una ruta transitable que le permitiese continuar con su cometido. En múltiples ocasiones tuvo que dar media vuelta y volver sobre sus pasos al descubrir que un pequeño camino que se le antojaba practicable era en realidad la mayor trampa mortal que un alpinista jamás hubiese visto. Y así, el tiempo pasaba irremediablemente consumiendo poco a poco tanto las provisiones como las esperanzas del viajero. Cuando alzaba la mirada hacia las lejanas cimas y se hacía consciente de lo mucho que aún le restaba por hacer y de las pocas opciones de que disponía, sentía el peso del desaliento caer sobre sí, y la duda le consumía. Quizás era cierto que aquellas Montañas eran verdaderamente el Fin del Mundo y nada crecía al otro lado. ¿Y si después de un esfuerzo sobrehumano como el que estaba realizando resultaba que aquello que se escondiese tras la cordillera, fuese lo que fuese, no resultaba ser un premio equitativo a las penurias soportadas? ¿Merecía verdaderamente la pena? Cuando este tipo de pensamientos asaltaban la mente de Ivalori, de manera pareja recordaba todo tipo de experiencias pasadas, muchas de ellas aún más desagradables que la actual insufrible escalada, y no podía sentir más desazón por lo que le aguardaba que por lo que ya había pasado. Puede que tras las Montañas del Límite se encontrase el Fin del Mundo, pero para él el resto del mundo ya había llegado a su fin. "¿Y si todo el mundo existente es en realidad esta cordillera?", se preguntó una noche, mientras se acurrucaba bajo un pequeño techo de rocas resguardándose del frío. "Una fina línea que divide lo que pudo ser y lo que en realidad es de lo que puede ser y lo que en realidad no será. Un límite infranqueable entre la oscura realidad y la brillante ilusión. ¿Y si el mundo no es más que una eterna escalada, un intento de cruzar el muro que separa lo que es de lo que nos gustaría que fuese, aun sin conseguirlo jamás? ¿Acaso tan sólo somos alpinistas soñadores y escalas rotas; viajeros que persiguen sus propias Montañas del Límite?". Inmerso en estos pensamientos, con casi todas sus esperanzas abandonadas, Ivalori cayó en un profundo sueño en el que se veía a sí mismo tratando de trepar por una cuerda, pero cuando estaba a punto de llegar a lo más alto, resbalaba y caía una y otra vez.

Por A.L.M.

sábado, 10 de diciembre de 2011

¿Por qué llueve?

-¿Por qué llueve?
-Pues verás, se cuenta que hace mucho tiempo los dos pueblos padres de la Humanidad, que vivían en el Valle de los Sauces, convivían en frágil paz, únicamente sostenida por el miedo mutuo. El conflicto por la supremacía de todo el Valle, aunque tan sólo palpable superficialmente, era tan evidente que muchos ni siquiera se molestaban en disimularlo. Tal era la situación que los miembros de ambos pueblos jamás mantenían contacto cercano con los otros más allá de lo estrictamente necesario. Se vivía en una débil concordia tan fina como una tela de araña, predispuesta a ser rota al menor soplido del viento. El frondoso bosque del Valle estaba dividido en dos por un caudaloso río que representaba prácticamente el único punto de encuentro entre ambos pueblos, dado que todo agua que pudiesen necesitar  debían obtenerla de allí. Los Glaucos vivían al oeste del río, y los Corintos al este. Y según se cuenta la princesa de los Glaucos, Virens, La de los Ojos Esmeralda, era la criatura más hermosa que la joven Tierra jamás hubiese visto nacer. Su padre, el rey Glauco, la había prometido desde una tierna infancia con el insigne heredero de una de las familias más nobles del pueblo al oeste del río, llamado Avidio. Lejos de un auténtico y puro amor hacia Virens, las aspiraciones de Avidio eran mucho más oscuras y ambiciosas: casándose con la princesa él se convertiría en príncipe y heredaría algún día el gobierno del pueblo de los Glaucos. Virens, por su parte, poco interés mostraba su futuro marido, pues lo consideraba mezquino y egoísta, y sus verdaderas intenciones no eran secreto para ella. Pero nada podía hacer para evitar lo que su padre deseaba, por lo que, como un ánima errante, sin dicha y sin esperanzas, vagaba por el Valle día tras día.
Por otro lado, al este del río, el príncipe Ruber, futuro heredero al trono de su padre, el rey Corinto, se encontraba en una tesitura similar: su padre le hostigaba continuamente a que tomase en matrimonio a alguna de las jóvenes y hermosas doncellas de su pueblo, alegando que un futuro rey necesitaría esposa e hijos para prologar su linaje. Sin embargo la mayoría de las jóvenes del pueblo de los Corintos tan sólo mostraban interés por el príncipe Ruber precisamente por su condición de heredero, lo que aumentaba el desinterés de éste por esos temas. No obstante, sabía que tarde o temprano, cuando su padre falleciese y él ascendiese al poder, debería tomar a alguna joven por esposa tanto si quería como si no, y aquella idea le provocaba una profunda desazón. Por ese motivo no era extraño verle caminar con pesar por sus tierras, adentrándose en el bosque de sauces y perdiéndose en su espesura, lamentándose de su inevitable destino.
Pero una noche los caminos del príncipe Ruber y la princesa Virens se cruzaron. Mientras paseaban por el bosque ambos desde direcciones opuestas hacia un mismo punto, sus pasos les condujeron hasta el río, y con cierto temor se observaron por primera vez. Ninguno de los dos había mantenido antes contacto con alguien del pueblo contrario, por eso la primera reacción de ambos fue de cierto recelo. Al principio pocas palabras salieron de sus bocas, y corto fue el primer encuentro. Apenas unos minutos después, los dos príncipes retornaron a sus respectivos hogares, pero con una nueva sensación en su interior. La princesa Virens era verdaderamente hermosa, y Ruber no pudo borrar su rostro de su mente, y del mismo modo Virens tampoco olvidó al apuesto príncipe de los Corintos, que en aquel breve encuentro se había mostrado más amable que cualquier hombre del pueblo Glauco. Por ese motivo ambos pasaron el resto de la noche y todo el día siguiente pensando en el otro, y al caer la siguiente noche regresaron al lecho del río, donde volvieron a encontrarse. En esta segunda ocasión ambos se sentaron en sus respectivas orillas y hablaron tímidamente sobre sus vidas, y así cada uno de ellos conoció la desdicha del otro. Con el paso de las horas sus tristes ánimos se volvieron joviales, y la conversación tornó plácida. Por desgracia las noches no eran tan largas como ellos hubieran deseado y antes del amanecer tuvieron que regresar a sus hogares. Pero desde aquel momento cada noche regresaban al río y conversaban felizmente, cada uno desde su orilla, sobre todo tipo de temas que se les ocurriesen, estrechándose poco a poco la relación entre ambos. Jamás en sus vidas se habían sentido tan felices como en aquellas citas nocturnas, y durante días y semanas los sauces fueron testigos de su dicha.
Por desgracia, aunque ambos príncipes se aseguraban todas las noches de abandonar sus aposentos sin que nadie los descubriesen, el paso del tiempo hizo que Avidio se percatase del extraño comportamiento de la princesa Virens. Una noche, a escondidas, espió a la princesa y la observó abandonar su lecho y adentrarse en el bosque. Temeroso por las historias que en la tierra de los Glaucos se contaban sobre aquellos árboles y sobre los peligrosos Corintos, Avidio persiguió a la princesa no sin antes cargar con su arco y sus flechas. Cuando Virens alcanzó el río allí estaba Ruber esperándola, y tal como solían hacer, se sentaron cada uno en su correspondiente orilla y volvieron a conversar y a reír. Avidio, que la había seguido hasta allí, observó la escena escondido entre la espesura del bosque, y al ver cómo Virens reía de pura felicidad y cómo Ruber observaba con auténtica ternura a la princesa comenzó a ver temblar su plan de heredar el control de pueblo Glauco. Lo que era claro tanto para Virens como para Ruber también lo era para Avidio: los príncipes estaban enamorados, pero no eran los celos los que llenaron  el corazón de Avidio de ira, sino una desmedida codicia. Aunque sabía que el rey Glauco jamás permitiría que su hija tomase por esposo al príncipe del pueblo vecino, cabía la posibilidad de que ambos se fugasen juntos, y si eso ocurría ya no habría ninguna princesa a la que poder desposar.
De pronto la animada conversación entre los príncipes se detuvo y los dos se limitaron a mirarse mutuamente, rebosando sus ojos tanta calidez y amor que casi podía sentirse en la piel. Entonces ambos se pusieron en pie y, por primera vez, comenzaron a caminar el uno hacia el otro, introduciendo sus piernas en el río. Avidio presenció atónito la escena y, no pudiendo soportarla, abandonó su escondite y se dirigió hacia ellos mientras tensaba su arco. Y cuando las manos de Virens y Ruber estaban a punto de tocarse, una flecha silbó y todo se detuvo. Virens observó el pecho de Ruber teñirse de rojo y su sangre goteando en el agua del río. El príncipe se desplomó jadeante sobre los brazos de su amada y ésta le sostuvo con todas sus fuerzas mientras, al girar la cabeza, pudo ver a Avidio aproximarse más y más hacia ellos con otra flecha preparada para silbar. La princesa cargó con Ruber hacia el lado contrario del río, resguardándose de Avidio y con la esperanza de poder llevar al príncipe de vuelta a su pueblo para que fuese curado. Pero Ruber pesaba demasiado para ella, y finalmente no pudo continuar transportándolo. Lo depositó en el suelo y se arrodilló junto a él, lo miró a los ojos acariciándole el rostro y le dijo las dos únicas palabras que una persona necesita para vivir. Y fueron las dos últimas palabras que el príncipe Ruber escuchó.
En ese momento Avidio llegó hasta ellos, y no sólo él. Al igual que las escapadas nocturnas de Virens no habían pasado desapercibidas en su tierra, las de Ruber tampoco lo había hecho, y varios soldados del pueblo de los Corintos, temiendo que su príncipe pudiese extraviarse en el bosque más allá de los límites de sus tierras, le siguieron alcanzando aquel lugar en ese mismo instante. Cuando Avidio reparó en ellos, sabiendo lo que le esperaba, trató desesperadamente de huir, arrojando su arco y sus flechas al suelo y corriendo de vuelva a su tierra, pero las saetas de los Corintos corrían más, y su cuerpo se desplomó inerte sobre la hierba.
Los soldados Corintos recogieron el cuerpo de su príncipe y apresaron a la desconsolada princesa Virens tomándola por cómplice de Avidio. El cuerpo de Ruber fue enterrado en la tierra de los Corintos, y Virens fue condenada y atada a un poste rodeado de leña. El fuego que el propio rey Corinto prendió se extendió a su alrededor como un anillo ígneo, y entre lágrimas y lamentos, la princesa Virens murió, siendo su cuerpo consumido por las llamas. Y se cuenta que su alma voló junto al humo que se elevó en la noche alcanzando las estrellas, y formó nubarrones en el cielo. Aquella misma noche estalló la guerra entre el pueblo Glauco y el pueblo Corinto, y miles de personas fueron víctimas de sus atrocidades. Desde entonces, generación tras generación, los seres humanos se matan entre sí sin saber siquiera qué evento lo originó todo. Y cada vez que la sangre de un hombre tiñe la tierra en la que el cuerpo de su amado reposa, el espíritu de Virens, que aún hoy vive en las alturas, solloza y se lamenta. Y por eso las nubes lloran...


Por A.L.M.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

You're not alone



Pieza interpretada por el "Tour de Japon" perteneciente al videojuego Final Fantasy IX, titulada "You're not alone". Es extraño que aparezca tan sólo en una ocasión en todo el juego, porque curiosamente es de las piezas más hermosas que, desde mi punto de vista, un videojuego ha dado al mundo. Desde luego las cosa buenas se dan en frascos pequeños, al igual que las cosas pequeñas se dan en frascos buenos, ¿no es así? Y si no es así, da igual. Disfrutad y callad.
Bon voyage, petits garçons.

sábado, 24 de septiembre de 2011

El Errante (The Wanderer)

Segunda entrega de mis piezas de música cuasiclásica y variopinta titulada "El Errante" o "The Wanderer" en inglis que queda más chachi, título que hace referencia al protagonista del libro que tengo entre manos que tan bien conocerán las personas cercanas a mí a las que durante tantas horas les he estado dando la tabarra hablándoles de él. El programa utilizado para su elaboración vuelve a ser el "Finale 2006" (soy un hombre de gustos fijos), y en esta ocasión los instrumentos que suenan, según el susodicho programa, son la marimba como instrumento de percusión de fondo, el violonchelo y un último llamado guitarra de nylon, aunque a mí me suena más a un xilófono, pero bueno... ellos sabrán.
Bon voyage, petits garçons.

Por A.L.M.

jueves, 18 de agosto de 2011

Danza de la Luna Llena (Fullmoon Dance)

Pieza de música cuasiclásica y variopinta compuesta por este servidor a la que he titulado "Danza de la Luna Llena" o "Fullmoon Dance" (en inglés queda más cool) en referencia al baile que comparten los dos protagonistas de mi libro en el capítulo en que declaran su amor. La pieza es interpretada con lira y flauta, los instrumentos que tocan los dos amigos faunos de la pareja protagonista. El programa utilizado para su elaboración ha sido "Finale 2006" (no, yo tampoco lo conocía), y sí, me lo he bajado gratis de internet.
Bon voyage, petits garçons.

Por A.L.M.

sábado, 25 de junio de 2011

Frívola eternidad


Nubla antes el ocaso

a rosas y azucenas que a roquedos.

Y aun flor en su fracaso

compadece sin miedos

al que no goza de un vivir escaso.




Por A.L.M.

jueves, 23 de junio de 2011

By Rorschach

Una vez me contaron un chiste.
"Un hombre va al médico y le dice que está deprimido, que la vida es dura y cruel. Dice que se siente solo en un mundo amenazador. El médico le dice:
-El tratamiento es muy sencillo: el gran payaso Pagliacci está en la ciudad. Vaya a verle, eso le animará.
El hombre rompe a llorar.
-Pero doctor-le dice-, yo soy Pagliacci."
Es un buen chiste. Todo el mundo se ríe. Se oye un redoble. Y baja el telón.

jueves, 26 de mayo de 2011

Génesis

En el principio estaba Gahok, (el Tiempo), que nunca tomaba parte en nada y se limitaba a discurrir. Y aunque nada hiciese y nada desease, sin su presencia nada puede nacer ni mucho menos desplegarse. Y ya desde el primer momento Gahok comenzó a caminar por la inmanente oscuridad de Qurth (la Nada), y era lo único que hacía. A cada paso que daba en sus solitarios paseos el Tiempo se desarrolla más y más, siempre hacia delante y jamás sin pausa, pues Gahok nunca regresa sobre sus pasos cuando pasea por Qurth, y dada la inmensidad de Qurth, Gahok jamás encuentra ni encontrará obstáculo alguno que le obligue a detenerse.
Pero Gahok no estuvo solo mucho tiempo. Apenas dio su primer paso surgieron a su lado Nhaw (El que Hace) e Iunhaw (El que Deshace), los cuales a pesar de no tener padre, son hermanos. Por el contrario, Nhaw e Iunhaw no se consideran hermanos de Gahok, aunque sí parientes directos, y en cierto modo, aunque jamás se postran ante Gahok, los dos hermanos reconocieron desde el principio su potestad.
Poco tardó la calma de Qurth en ser quebrantada cuando Nhaw e Iunhaw surgieron de sus oscuras entrañas, en el preciso y temprano instante en que los dos hermanos tomaron conciencia el uno del otro. Quisieron ambos repartirse los dominios de Qurth, previo ofrecimiento a Gahok de participar de igual modo en la distribución. Pero Gahok mostró desinterés por problemas de aquella índole y expresó su indiferencia diciendo que podían repartirse los dominios de Qurth entre ellos dos, siempre y cuando su derecho a pasear por los mismos jamás le sea privado. Los hermanos accedieron gratamente dado que de este modo ambos abarcarían mayor dominio. Una vez repartieron a partes iguales los dominios de Qurth, Nhaw dispuso de sus feudos a voluntad, y lo primero que hizo fue otorgar identidad a regiones de Qurth que no eran nada, de modo que dejaron de ser nada y se convirtieron en algo, y Nhaw lo nombró Aü (Lo que Es). De este modo los dominios de Nhaw dejaron de pertenecer al reino de Qurth y pasaron a ser. Iunhaw no se sintió satisfecho con la decisión de su hermano Nhaw de alterar la esencia de Qurth a su gusto, y por ello solicitó el apoyo de Gahok. Pero la indiferencia de Gahok sobre los asuntos de Qurth y Aü era total, y mientras su paso por el tiempo, tanto sobre lo que es como sobre lo que no es, no se vea interrumpido, jamás mostrará interés por cuestión alguna.
Iunhaw, sin embargo, no deseaba que el reino de Aü existiese, pues su concepción era la de un Qurth eterno e infinito. Fue a hablar con su hermano tratando de adentrarse en los dominios de Aü, pero vio que le era imposible, pues Iunhaw está tan vinculado a Qurth que jamás puede abandonarlo. Fue entonces Nhaw quien intentó abandonar sus dominios y visitar a su hermano en Qurth, pero de igual modo no pudo abandonar sus feudos propios, pues el reino de Aü pertenecía a su propia esencia y no podía separarse de ella. Hablaron por tanto los dos hermanos cada uno en los lindes de sus respectivos dominios. Iunhaw exigió a su hermano que deshiciese lo hecho y devolviese su identidad originaria al reino de Aü, esto es, que lo devolviese a Qurth. Pero Nhaw se negó a ello, alegando que ahora que veía y contemplaba la potencia de Aü, se le antojaba mucho más interesante y prometedora que la sempiterna oscuridad de Qurth. Por tanto en aquel momento, descontento por la respuesta de su hermano, Iunhaw proclamó que jamás cesaría en su empeño de devolver al reino de Aü a su estado primigenio de nada, pues aquella era su auténtica identidad y así debía mantenerse el orden. Nhaw, por su parte, declaró su intención de hacer perseverar el reino de Aü contra toda fuerza externa del reino de Qurth que osase perturbarlo, así como de extender los dominios de Lo que Es más allá de los lindes de Aü para que todo aquello que es objeto de paseo de Gahok fuese parte del reino de Lo que Es.


Por A.L.M.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Introducción de "La misma canción"

Era una noche desapacible, fría y húmeda, con el cielo cubierto de nubes oscuras ocultando la luz de las estrellas y de la luna, con el viento helado y enérgico azotando las ramas de los árboles, cuando llamaron a la puerta de la casa del hombre viejo.
El hombre viejo estaba sentado en solitario en el cómodo sillón del salón de su hogar, encarado hacia la puerta y muy cerca de la chimenea. Su modesta casa de madera se ubicaba en una meseta a una considerable distancia de la aldea más cercana, resguardada del jaleo de la vida en sociedad. Más que una casa, habría que referirse a ella como granja, pues eso es lo que era, y a eso es a lo que se dedicaba el hombre viejo: tenía potros, vacas y gallinas, y de hecho hacía poco rato se había visto a sí mismo resguardando a todos sus animales en el interior del granero debido a la tormenta que se aproximaba. Pero ya no estaba en el granero, no se encontraba cuidando de sus animales ni paseando por los alrededores de su morada tal y como habría hecho si el tiempo hubiese sido propicio. Se encontraba sentado en solitario en el cómodo sillón del salón de su hogar, mirando fijamente la puerta a la que acababan de llamar, haciendo conjeturas sobre quién podría llamar a su casa perdida en lo alto de una meseta a una considerable distancia de la aldea más cercana y en una noche desapacible, fría y húmeda, sin estrellas y sin luna.
-¿Quién llama?-preguntó el hombre viejo sin levantarse de su asiento, colocando la jarra de vino que sostenía en su mano sobre la mesilla que había frente a él.
No hubo una respuesta inmediata. Se oyó no obstante el silbar del viento tres veces antes del retorno del sepulcral silencio. El hombre viejo no se alteró lo más mínimo, simplemente permaneció en su asiento aguardando la respuesta, fuese la que fuese, del enigmático visitante.
El picaporte de la puerta giró lentamente, y la misma se abrió chirriando sus bisagras, dejando visible una silueta oscura que ocupaba casi todo el marco del umbral, impidiendo de este modo que el hombre viejo pudiese distinguir que las copas de los árboles les exterior se agitaban ahora con vehemencia. Al abrirse la puerta una fuerte brisa irrumpió violentamente en la casa haciendo crepitar el fuego de la chimenea, que a duras penas soportó tan iracundo ataque sin extinguirse. El ambiente cálido y acogedor del hogar desapareció de forma súbita con la intrusión de la sombra misteriosa.
El hombre viejo no apartó la vista del umbral ni siquiera cuando unos papeles de un estante se volaron por el viento. Al cabo de unos segundos pudo distinguir en la sombra la silueta de un hombre encapuchado, aunque ciertamente su rostro era poco visible por la oscuridad, como sumido en las tinieblas de su propio atuendo.
-¿Quién es?-insistió el hombre viejo.
El hombre encapuchado dio unos pasos al frente y lentamente dejó reposar su capucha en su espalda y el rostro le quedó visible. Era un hombre joven, al menos veinte años más joven que el hombre viejo, de rostro tenso y mirada tenaz.
-Soy el hijo del hombre al que mataste, soy la sentencia que tú mismo te dictaste. Soy tu juez y tu verdugo, tu condena inevitable, tu destino inaplazable. Soy tu muerte.
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Por A.L.M.

viernes, 25 de febrero de 2011

Y dijo Near...


Nadie sabe qué es lo correcto y qué no lo es, qué es justicia o iniquidad. Si hay un dios, aunque ese dios me lo dijera, yo reflexionaría... Y yo mismo decidiría si lo que me dice es correcto o no.

jueves, 3 de febrero de 2011

Soy inmortal hasta que se demuestre lo contrario...


La muerte no existe, pues cuando estamos nosotros no está ella, y cuando está ella no estamos nosotros. Nosotros morimos, pero somos virtualmente inmortales, pues las esferas de la muerte y del individuo nunca se juntan, ya que al estar uno no está el otro. Sólo el que cree en tener que dar cuentas a alguien tras la muerte es el que se preocupa por ella. Por eso la creencia en la vida más allá de la muerte no hace más que hinchar el temor a la misma; el que la comprende realmente no la teme.
La vida tiene suficientes alicientes como para que sea bueno vivirla.
EPICURO

jueves, 27 de enero de 2011

En un principio... 3/3

Ahora bien, en aquel principio ambos dos estaban desnudos, pues dado que no había academia de canto, mucho menos iba a haber mercadillos gitanescos, por lo que no podían comprar ropa. No obstante, a Adán y Eva esto no les importaba, pues no eran conscientes de su desnudez, probablemente por alguna carencia visual que les impedía verse con detenimiento y ser conscientes de sí mismos; y como en aquella época tampoco existía Afflelou, no le podían poner remedio.
Pero entonces Lucifer transformado en serpiente se arrastró por la hierba del Jardín del Edén y se enroscó alrededor del árbol prohibido por Dios, cuyas frutas no eran otra cosa que zanahorias. Porque en aquella época las zanahorias crecían de los árboles, pues Dios veía que esto era bueno, y con eso todo queda suficientemente justificado, así que, queridos lectores, dejad de cuestionar. Y Lucifer esperó hasta que Eva se arrimó un día al árbol prohibido, probablemente porque de entre todos los miles de árboles que había en el Edén pasaba por allí casualmente. Y la serpiente Lucifer díjole a Eva: “¿Cómo es que Dios Todopoderoso os prohíbe comer de este árbol?”. A lo que Eva le contestó: “No lo sé; Él simplemente nos lo dijo, y dado que nos creó para servirle y alabarlo, es lógico que lo acate sin cuestionarlo”.
Pero Lucifer era el señor de los ardides, y quería que Eva comiese la zanahoria prohibida, así que díjole: “Pero mujer, ¿acaso no sabes que la zanahoria posee vitamina A, la cual es muy beneficiosa para la vista?”. “¿En serio?”, preguntó la incrédula Eva. “¡Desde luego! Además de otros componentes eficaces para el organismo, como la vitamina E y vitaminas del grupo B como los folatos, así como la niacina. Por no hablar de su aporte de potasio, fósforo, magnesio, yodo y calcio”, le explicó Lucifer. Ante esta información, Eva quedó patidifusa, no obstante aún no estaba totalmente convencida, pues sospechaba que Lucifer pretendía engañarla. Mas el señor de los ardides guarda trucos para todos, por lo que díjole a la mujer: “Y también es bajo en calorías”. Y fue en ese momento en el cual a Eva le entró auténtico interés por la zanahoria prohibida, porque ya por aquellos principios a la primera mujer le importaba lo de perder peso, y eso que no había otras mujeres con las que compararse. Y después de comer ella de la zanahoria prohibida le dio de comer a su marido Adán, y entonces se les abrieron los ojos a ambos, gracias a la vitamina A, y pudieron ver que estaban desnudos. Ante esta novedad se cuenta que su primera reacción fue irse detrás de un matorral (quién sabe para hacer qué), pero que posteriormente, cuando Dios Todopoderoso volvía de uno de sus largos paseos por el Vacío y bajó a la Tierra para saludar, a ambos les entró vergüenza y ocultaron sus partes nobles. Y Dios quiso saber por qué se ocultaban de aquel modo. “Porque estamos desnudos, Padre Creador”, respondió Adán. “Pero antes también estabais desnudos”, reprochó Dios. “Lo estábamos, pero no éramos conscientes de ello, cual animalillo silvestre. Y ahora que me veo y soy consciente de mi desnudez, te digo que podrías haber sido un poco más generoso con mis atributos”, le recriminó Adán. Al escuchar esto, Dios estalló en cólera, y díjole: “¿Qué importa eso, si no hay otros hombres con los que la puedas comparar? Esto sólo puede significar una cosa: habéis comido del árbol que os prohibí comer. ¡Seguro que fue todo culpa tuya, Eva!”. Y Eva se sintió muy desgraciada y avergonzada por ser el origen de todos los males del hombre, y no así Lucifer que fue el creado por Dios. Tras esto, Dios maldijo a la serpiente Lucifer, maldijo a Eva y a toda su estirpe, maldijo a Adán y al suelo que él pisase, y no maldijo a nadie más porque por aquel entonces no había más gente en la Tierra. “Por haber escuchado la voz de esta mujer, que yo mismo te entregué, y comido de la zanahoria que te prohibí comer, con el trabajo de tus manos y el sudor de tu frente te ganarás el pan a partir de ahora. Os destierro para siempre del Jardín del Edén”.
Y Adán y Eva fueron baneados del jardín y desde entonces tuvieron que trabajar para sobrevivir, aunque no se sabe muy bien de qué, puesto que en aquella época no había tiendas. Y crecieron y se multiplicaron, y tuvieron muchos hijos e hijas que, por lógica, tuvieron que procrear entre ellos puesto que eran los únicos habitantes de la Tierra. Y he aquí la prueba indiscutible de que los hijos de Adán y Eva son los padres de la Humanidad, pues al parecer cuando gente de la misma familia procrea, tras varias generaciones los hijos suelen nacer con enfermedades mentales.

FIN

Por A.L.M.

En un principio... 2/3

Por desgracia, Lucifer estaba muy enojado por el golpe recibido en la frente, y su corazón se llenó de maldad y envidia, y quiso destronar a su Padre Creador. Pero por supuesto, en sus orígenes Lucifer no albergaba maldad en su corazón, pues eso significaría que Dios lo creó con tal atributo; fue el tropiece con la túnica de Dios, y su consiguiente golpe en la frente, lo que hizo que, externamente, entrase la maldad en él… lo que aún nos deja con el inconveniente de que de algún modo fue Dios el responsable de que Lucifer se volviese malvado.
En cualquier caso, Lucifer corrompió a un tercio de los ángeles del cielo, ni uno más y ni uno menos, lo cual no dice nada bueno de la creación de Dios, que a las primeras de cambio se les rebela, pero en fin… esos son temas de otra índole. Y tras una guerra muy muy larga, Dios derrotó a Lucifer y lo desterró a la Tierra, y aún hay quien dice que le fueron cortadas las alas. Desde entonces Lucifer suele aparecerse en forma de larga serpiente, quizás para paliar su acomplejamiento por su castración alada.
Después de esto, Dios estaba deseoso de echarse una siesta, pues entre la larga larga guerra y los miles de millones de eones que se había llevado paseando no había dormido nunca, ya que no había noche. Entonces dijo Dios “¡Hágase la luz!”, y la luz se hizo (obvio, ¿verdad?). Y vio que la luz estaba bien, lo cual es lógico, pues si la luz estuviese mal no se vería porque probablemente estuviese apagada. Pero ahora todo el Vacío estaba lleno de luz, tan blanco como su celestial dentadura, y Dios se dio cuenta de que se había convertido en su homónima femenina, y esto no podía ser. Por tanto separó la luz de las tinieblas, y a la luz la llamó “día” y a las tinieblas las llamó “noche”. Podría haber elegido otros nombres cualesquiera, pero esos les pareció bonitos. Y una vez que hubo día y hubo noche, Dios se echó una siesta.
Posteriormente a lo largo de 5 días, Dios separó las aguas de la tierra, y así se formaron los mares; produjo las hierbas, los árboles y sus frutos, y así se formó la flora; creó luceros que gobernasen el día y la noche, y así se formaron el sol y la luna; y dio vida a las bestias marinas y aladas, así como a las terrestres, y así se creó la fauna. Podría haberlo creado todo en un solo día, pero lo hizo en 5, y he aquí la prueba indiscutible de que Dios es obrero.
Y al sexto día Dios tuvo una gran idea. Puesto que los ángeles le habían decepcionado con su comportamiento, decidió crear nuevos seres que fuesen completamente perfectos y libres de pecado, que no se corrompiesen nunca y le alabasen por los siglos de los siglos. Así que cogió un puñado de sucio y asqueroso barro y lo moldeó hasta tallar una forma humana, y luego arrojó su odorífero aliento sobre ella y le dio vida. Muchos años más tarde, al comprobar con mayor perspectiva temporal el resultado, Dios se arrepintió de haber sido tan tacaño con la materia prima que empleó, pero aun así Él vio que esto era bueno.
Así fue como Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo cual no dice nada bueno de la imagen y semejanza de Dios; y lo llamó Adán. Se estima por consiguiente que Adán también era obrero. Y Dios estaba contento con Adán, tanto que al día siguiente plantó en una parcelita de la que se había adueñado el Jardín del Edén, nombre que probablemente sacase de cambiar las “a” de “Adán” por “e”… se deduce que Dios estaba poco creativo en aquel momento. Tras esto díjole a Adán que podía comer de cualquier árbol del Edén salvo de uno de ellos, aunque hubiese sido más fácil arrancar dicho árbol para impedir así la tentación… pero todo esto era, posiblemente, parte del inescrutable plan de Dios, y no debe ser cuestionado. Y Adán aceptó la prohibición y Dios vio que esto era bueno.
Estaba Él satisfecho con su creación, hasta que se percató del mayor error que había cometido en toda su larga existencia eterna: no había hecho a Adán asexual. Y Adán le pedía desesperadamente una compañera, pues veía que hasta los cerdos copulaban y él tenía que contentarse con el trabajo de sus manos y el sudor de su frente. Es por ello que Dios dio de beber vino en abundantes cantidades a Adán para que éste cayese en un profundo sueño y no sintiese nada cuando le abriese el canal para sacarle una de sus costillas. Y de esa costilla creó a la mujer… podría haberla creado también del barro, pero prefería que la mujer tuviese algo que deberle al hombre. Y a la mujer se le dio el nombre de Eva, y Dios vio que era bueno.

En un principio... 1/3

En un principio estaba Dios Todopoderoso... refiriéndome, claro está, al dios cristiano, pues, ¿qué otro dios puede ser?
Dios se paseaba por el Vacío sin saber muy bien qué hacer. No obstante, Dios ya estaba deseoso de contar con un poco de compañía después de haber pasado miles de millones de eones vagando solitariamente por este umbroso y tácito Vacío, del que no se sabe muy bien su origen, o si ya existía antes que Dios, o si fue Dios Todopoderoso el que lo creó… pero claro, si fue él quien lo creo, ¿por dónde puñetas paseaba antes?
En cualquier caso, Dios quería un poco de compañía, y en un principio pensó en crear su homónima femenina, pero, en su infinita sabiduría, se dio cuenta que si creaba a una Diosa de igual poder al suyo se le iba a acabar el chollo, pues probablemente le obligase a lavarse sus divinas sandalias antes de salir a pasear por el Vacío. Por tanto Dios desechó aquella idea, y he aquí la prueba indiscutible de que Dios es un hombre, pues si fuese una mujer el Vacío no sería negro, sino blanco como los chorros del oro.
Y así fue como, en un principio posterior, a Dios se le ocurrió la idea de crear a los ángeles; seres alados de inmensa belleza, y rubios probablemente, asexuales y de género ambiguo, que le sirviesen y adorasen como su Padre Creador, porque Dios no era tonto. Y he aquí la prueba indiscutible de que Dios no era tonto, pues si no los hubiese creado asexuales, los ángeles se hubieran llevado más tiempo aleteando que adorando.
Así pasó mucho tiempo Dios Todopoderoso, y evidentemente algún que otro ángel terminó por cansarse de cantar alabanzas y tocar la lira constantemente, porque otra cosa no había para hacer… ¡estaban en el Vacío! El más listillo de ellos, llamado Lucifer, era la mano derecha de Dios Todopoderoso; y cuando estuvo bien cansado de corear una y otra vez durante miles y millones de eones las mismas repetitivas canciones (pues en el Vacío por no haber no había ni originalidad) se acercó al sacrosanto oído de Dios y le rogó que creara alguna academia de canto para que pudiesen aprender canciones nuevas. Y Dios vio que esto era bueno, mas había un grave inconveniente: en el Vacío no había ladrillos, y sin ellos no podría crear la academia de canto.
Es por ello que en este principio ya un poco adelantado, Dios creó los cielos y la tierra, aunque no está claro cuál de ellos creó antes; si una tierra sin cielo o un cielo sin tierra. E inicialmente la Tierra era cuadrada, pues Dios vio que era bueno que tuviese esquinas en las que poder apoyarse cuando estuviese cansado de sus largos paseos por el lúgubre Vacío, hasta que cuando Dios mandó llamar a Lucifer para que contemplase su obra, éste tropezó accidentalmente con la bienaventurada túnica de su Padre Omnipotente, tan larga que cuando Dios volvía de sus paseos, la túnica aún estaba saliendo; y al caer se chocó con uno de los picos de la Tierra y se hizo una brecha en la frente, y algunas gotas de su sangre cayeron sobre la Tierra y se formó el Mar Rojo. Y desde aquel fatídico momento a Lucifer se le conoció como el Ángel Caído.
A raíz de este incidente, Dios le dio un manotazo a la Tierra hallándose irritado por la desgracia de su aquejado súbdito, y la Tierra se hizo plana. Y Dios, sorprendido por su propia capacidad creadora, vio que esto era bueno. Pero sólo en un principio, pues al pararse a observar detenidamente lo acontecido, vio que las aguas de los mares y océanos (que venían de regalo con la Tierra) se caían por los bordes. Y entonces Dios vio que esto no era tan bueno, por lo que arrojó su aliento vital en el interior de unos de los múltiples cráteres de la Tierra y la hinchó como un globo hasta hacerla redonda. No obstante, aun así las aguas seguían cayendo por la mitad de la Tierra que quedaba boca abajo. Entonces Dios creó la Ley de la Gravedad y solucionó el problema. Y vio que esto era bueno.